martes, 20 de diciembre de 2011

"Antología de Frases de Zapatero" Alfonso Ussía 18 Diciembre 2011



Me irrita la falta de generosidad de los periódicos con los aciertos de la competencia. Hoy, no tengo más remedio que felicitar a la «Crónica» de «El Mundo» por su antología de frases de Zapatero. Reunidas, conforman el retrato de un insensato, un mentiroso y un humorista involuntario. «La Tierra no pertenece a nadie, salvo al viento» (17/12/2009) es el pensamiento que le lleva, dos años más tarde, a anunciar su futuro: «El mejor destino es el de supervisor de nubes acostado en una hamaca». Le deseamos desde aquí una larga y fructífera supervisión. Insuperable su referencia a Obama: «La cuestión no es qué puede hacer Obama por nosotros, sino qué podemos hacer nosotros por Obama» (30/7/2009). Durante el año 2005, Zapatero es  Supermán. «Somos la envidia de Europa, y en pocos años vamos a ser un país de primera división en el mundo». (19/12/2005). En el año 2006, su fuerza visionaria es ya invencible: «Hoy estamos mejor que hace un año. Pero dentro de un año estaremos aún mejor». No obstante, es en el año 2007, con todas las naciones serias adoptando medidas drásticas para combatir la crisis económica, cuando surge el Zapatero insuperable, el chocholo de barra de bar: «Lo enunciaré de forma sencilla pero ambiciosa. La próxima Legislatura lograremos el pleno empleo en España». Vuelvan hacia atrás la lectura y repitan la frase. La pronunció el 3 de julio de 2007. También ese mismo año, el 16 de octubre: «No hay atisbo de recesión económica. La economía española tiene muy buenos fundamentos».

Extraordinaria precisión de un excepcional Presidente. Claro que el año 2007 lo había principiado con una revelación asombrosa, emitida el 15 de enero. «Vamos a superar a Alemania en renta per cápita. Es que el crecimiento de España está en el 4%, creando empleo. Sólo con esa cifra, uno, como Presidente de Gobierno, se siente ya absolutamente reconfortado en el balance de su actuación». En el año 2008, desprecia, denuncia y arremete contra los que le hablan de la crisis. El 14 de enero: «La crisis es una falacia. Puro catastrofismo». Crecen los parados hasta los cuatro millones, pero Zapatero tiene su versión: «No son parados. Son personas que se han apuntado al paro» (7 de febrero de 2008). Y el 5 de julio de aquel desastroso año para España, Zapatero nos sonríe: «Ser optimistas es algo más que un acto de racionalidad: Es una exigencia moral, un rasgo de decencia, y si me lo permitís, hasta de elegancia». Elegantísimo. El año 2009, de acuerdo con sus frases, es el año que dedica al calor familiar. En una misma entrevista, publicada el 31 de mayo, se refiere a su mujer e hijas. «En mi vida personal, lo que más me emociona es la mirada cómplice de Sonsoles». Nada que objetar, porque las miradas cómplices son muy importantes. Pero la utilidad de su famoso «talante» queda en entredicho con este segundo reconocimiento:
«También aplico la política del talante en la educación de mis hijas». Lo comprobó el matrimonio Obama. El 21 de febrero de 2010, nos tranquiliza: «Conmigo de Presidente, jamás habrá en este país recortes sociales». Y animado por su exuberante feminismo, nos anuncia a los varones tiempos de trances difíciles: «Acabaré con siglos de dominación del hombre» ( 28 de marzo de 2010).

El 3 de abril de 2011, se muestra plenamente respetuoso con la democracia interna del PSOE: «No nos gusta el dedazo». Pero la frase excelsa, la guinda, el colofón genial, nos la regala el 3 de marzo de 2011, año de su desaparición política para siempre: «¡No sabéis cómo se puede disfrutar de la democracia! En mi caso, llegué a ser Presidente del Gobierno». Así era.


miércoles, 7 de diciembre de 2011

"Las Ilusiones Perdidas" Concha Caballero


CONCHA CABALLERO

Las ilusiones perdidas




No se van en trenes con maletas de cartón pero llevan sus bienes más preciados: un portátil, un móvil de última generación regalado por un familiar o conseguido a base de una lucha de puntos sin cuartel. Suelen tomar un vuelo de bajo coste, cazado pacientemente en las redes de Internet. Se van a hacer un máster, o han logrado una mal llamada beca Erasmus que costará a la familia la mitad de sus ahorros. Otras veces van a hacer de au-pair, de auxiliar de conversación, o a cualquier trabajo temporal. La familia va a despedirlos a la puerta de embarque y mientras se alejan disimularán unos su pena y otros su incipiente desamparo. "Es por poco tiempo -se dicen-. Dominarán el idioma, conocerán mundo... Regresarán en pocos meses".
Hasta hace poco era un privilegio de los nuevos tiempos que les permitía gozar de una libertad sin límites, de un mundo sin fronteras, de una capacidad casi infinita de aprendizaje... Hasta que llegó la crisis y la maleta pareció distinta, la espera en la fila de embarque más embarazosa, la despedida más triste y el fantasma de la ausencia definitiva más cercano.
No. No llevan maletas de cartón, ni hay aglomeraciones en el andén de la despedida. No se marchan en grupo, sino uno a uno. Aparentemente nada les obliga. Ha sido una cadena invisible de acontecimientos. Estuvieron allí hace unos años, o tienen una amiga que les ha informado de que puede encontrar algún trabajo con facilidad. No pagarán mucho, eso es seguro, pero podrán ganarse la vida con cierta facilidad... A fin de cuentas aquí no hay nada.
Y se marchan poco a poco, sin alboroto alguno. Un goteo incesante de savia nueva que sale sin ruido de nuestro país, desmintiendo la vieja quimera de que la historia es un caudal continuo de mejoras.
No hay estadísticas oficiales sobre ellos. Nadie sabe cuántos son ni adonde se dirigen. No se agrupan bajo el nombre oficial de emigrantes. Son, más bien, una microhistoria que se cuenta entre amigos y familiares. "Mi hija está en Berlín", "se ha marchado a Montpellier", "se fue a Dubai" son frases que escuchamos sin reparar en el significado exacto que comportan. Escapan a las estadísticas de la emigración porque suelen tener un nivel alto de estudios y no se corresponden con el perfil típico de lo que pensamos que es un emigrante. Quizá en las cuentas oficiales figuren como residentes en el extranjero, pero deberían aparecer como nuevos exiliados producto de la ceguera de nuestro país.
En los tiempos de crisis que detallan cada euro gastado nadie computa los centenares de miles de euros empleados en su formación y regalados a empresarios de más allá de nuestras fronteras con una torpeza sin límites, con una ignorancia sin parangón. Menos aún se cuantifican el esfuerzo de sus familias, las ilusiones perdidas y sus sueños rotos en mil pedazos.
No llevan maletas de cartón, pero componen un nuevo éxodo que azota especialmente a Andalucía, que dispersa a nuestros jóvenes por toda Europa y gran parte del mundo, que nos priva de su saber, de su aportación y de su compañía. Pero, aparentemente nadie se escandaliza por esta fuga de cerebros, lenta pero inexorable, que nos privará de muchos de nuestros mejores talentos. Nadie protesta por esta nueva oleada de exiliados que son una acusación silenciosa del fracaso y de engaño. Se van en silencio por el túnel de embarque en el que les alcanzará la melancolía por la pérdida temprana de su tierra.
No son, como dicen, una generación perdida para ellos mismos. No son los socorridos ni-nis que sirven para culpar a la juventud de su falta de empleo. Son una generación perdida para nuestro país y para nuestro futuro. Un tremendo error que pagaremos muy caro en forma de atraso, de empobrecimiento intelectual y técnico. Aunque todavía no lo sepamos.

sábado, 15 de octubre de 2011

La hipocresía lingüística

La hipocresía lingüística



Francesc de Carreras
Catedrático de Derecho Constitucional de la UAB
Quien conoce poco la Catalunya política no suele entender lo que aquí sucede cada año en torno al 11 de septiembre, nuestra fiesta nacional. En los días previos el ambiente se caldea, siempre hay alguna excusa para el victimismo. En la Diada la emoción sube de tono: estamos al borde de la independencia. Trascurridos unos días todo se medio olvida y la Catalunya política y mediática deja de sobreactuar, se alcanza un clima de precaria tranquilidad hasta encontrar otra ocasión para escenificar de nuevo el tantas veces anunciado "choque de trenes". Entre la gente de la calle, gracias a Dios, reina la calma, a lo más se habla de Mourinho, el placebo hoy más de moda.
El tema estrella del año pasado fue la "agresión"del Tribunal Constitucional contra el Estatut; este año le ha tocado al Tribunal Superior de Justícia de Catalunya. Para los nacionalistas, el derecho, las normas jurídicas, son un mero instrumento para lograr sus fines, no el marco en el que estos pueden alcanzarse. Como no han comprendido, o no quieren comprender, el significado del Estado de derecho, sólo respetan la ley si les da la razón. Por eso los jueces son molestos: a veces les hacen cumplir las leyes.
Pues bien, el Tribunal Superior catalán ha dictado un auto que establece un plazo de dos meses para que las autoridades educativas de la Generalitat cumplan unas sentencias del Tribunal Supremo que, en aplicación de la Constitución, recordaban que las lenguas vehiculares de la enseñanza son el catalán y el castellano. En realidad, lo que reconocen las sentencias es que la legislación catalana, desde hace muchos años, vulnera la Constitución.
Hasta la aprobación del Estatut del 2006 este reconocimiento no fue posible porque se había logrado, gracias a la astucia de Jordi Pujol, que tal legislación nunca fuera enjuiciada por el Constitucional. El error estratégico de los nacionalistas fue incorporar esta legislación al texto del nuevo Estatut sabiendo que el asunto acabaría siendo resuelto por dicho tribunal. Este, en su sentencia del año pasado, se limitó a aplicar la doctrina que ya había establecido la STC 337 de 23 de diciembre de 1994: en la enseñanza primaria y secundaria tanto el catalán como el castellano deben ser lenguas vehiculares, es decir, lenguas en las que se imparte la docencia.
Hasta ahora era opinión común entre los políticos y los medios de comunicación catalanes que esta sentencia 337/1994 establecía que la "política de inmersión" –expresión generalizada, aunque incorrecta, de que la única lengua vehicular de la enseñanza es el catalán– había sido declarada conforme a la Constitución. Ello no era cierto en absoluto, la sentencia decía precisamente lo contrario, bastaba con leerla para saberlo. Naturalmente, muchos de los que así se expresaban no la habían leído. Pero otros sí la habían leído y callaban. Por esto Jordi Pujol movió cielos y tierra, es decir, Gobierno y oposición, para que el Defensor del Pueblo no interpusiera un recurso de inconstitucionalidad contra la ley catalana de Política Lingüística de 1998: sabía que el TC la declararía en este punto inconstitucional. Los redactores del nuevo Estatut no fueron tan inteligentes. La STC del año pasado dejó claro que catalán y castellano son lenguas vehiculares, algo que, por otro lado, es moneda corriente en muchos centros de enseñanza de Catalunya.
Y ahí está, a mi modo de ver, el aspecto más escandaloso del asunto: una cosa es la ley y otra la práctica; la Catalunya oficial, una vez más, no se corresponde con la real, vivimos en un país de ficciones y apariencias. Porque la realidad es que quien busca, y tiene dinero, encuentra: en muchos colegios catalanes privados y concertados las lenguas vehiculares son catalán, castellano y una lengua extranjera. E incluso en algunos colegios e institutos públicos, debido a la sensatez y sentido de la responsabilidad de sus profesores, también se imparten clases en castellano. Todo el mundo lo sabe pero la Catalunya oficial lo oculta y la emprende contra los tribunales para hacerse la víctima de una España opresora.
Entren, por ejemplo, en la web del colegio Aula, uno de los más prestigiosos de Barcelona, fundado y dirigido por el eminente pedagogo Pere Ribera, fallecido en el 2009, al que se le otorgó la Creu de Sant Jordi en 1992 y en el que estudiaron tanto Artur Mas como sus hijos. De forma clara allí se dice que en esta escuela el catalán y el castellano son lenguas vehiculares desde la más tierna infancia y que, más adelante, también lo son el francés y el inglés. Es un ejemplo, hay muchos más, todos los sabemos.

La "política de inmersión" (sic) como norma general es, pues, una pura hipocresía: se aplica cuando conviene y por ello es discriminatoria. Quienes tienen recursos económicos suficientes pueden encontrar colegios bilingües o trilingües, y además mandan después a sus hijos al extranjero. Quienes no los tienen están obligados a estudiar en catalán como única lengua vehicular. A quienes critican esta política se les tacha de anticatalanes, pero a quienes muy sabiamente la incumplen se les concede la Creu de Sant Jordi.

sábado, 1 de mayo de 2010

" Guardiola sí sabe perder " Francesc de Carreras 01/05/2010

En política se puede hacer todo menos el ridículo". Una conocida frase irónica, contundente y lapidaria, aplicable a la política y a la vida en general. Pues bien, los tres partidos firmantes de la resolución del pleno del Parlament de Catalunya sobre la sentencia que les lleva de cabeza, más el cuarto que se ha añadido a la votación sin haberla firmado (a este último hay que añadirle el plus de incoherencia), están haciendo, entre otras cosas, el ridículo. Veamos.

De entrada, entre otras razones, estiman que la constitucionalidad resulta indudable porque el Estatut ha sido ratificado por el pueblo de Catalunya: quizás deberían en este punto disimular un poco. Este Estatut lo iniciaron ellos, lo negociaron ellos y, en el referéndum de ratificación, los que acudieron a las urnas no llegaron ni a la mitad del censo y fue aprobado por apenas un 36 por ciento del mismo. No hay, por supuesto, reproches a la legalidad del procedimiento, pero tampoco es como para presumir diciendo, por ejemplo, que el Estatut "ha alcanzado la máxima legitimación popular posible precisamente por haber sido refrendado por la ciudadanía". Aparte de que donde han escrito "legitimación", término procesal, supongo que se referían a "legitimidad", de muy distinto significado, el apoyo del pueblo de Catalunya al Estatut fue, y sigue siendo, perfectamente descriptible. Todavía no se ha convocado ninguna manifestación a favor del Estatut: por algo será.

En realidad, que no nos engañen: con todas estas maniobras lo único que intentan es salvarse a sí mismos. No olvidemos que fueron ellos quienes nos metieron en eso por meras razones tácticas y electoralistas, por sus propios intereses de partido y su afán de poder: primero, las tres fuerzas políticas del tripartito para aislar a CiU y alcanzar el gobierno de la Generalitat; después, la misma CiU al pactar con Zapatero para descabalgar a Maragall y, utilizando el Estatut, pretender alcanzar el mismo objetivo que los anteriores. Este es el trasfondo real de una tristepágina de nuestra historia y ahora los políticos que la han protagonizado quieren echar las culpas al Tribunal Constitucional. Por favor, más seriedad y menos cara dura. Con la soga al cuello están intentando salvarse a sí mismos.

Pero no sólo hacen el ridículo por esto, sino que muestran, además, o bien escasos conocimientos o bien simple cinismo: ¿cómo pueden afirmar que "promoverán todas las acciones a su alcance con el fin de conseguir que el tribunal se declare incompetente". Me gustaría que concretaran una sola de estas acciones para conseguir esta, a mi parecer, imposible finalidad, al menos por métodos legales y confesables. Me contentaría con sólo una.

Si no es así, el famoso acuerdo aprobado el jueves es pura palabrería, mero populismo. Guardiola pierde con más elegancia, con más dignidad.

" La Gran Manipulación " Fernando Ónega 01/05/2010

Lo peor que nos puede pasar en este trance del país es lo siguiente: que el juego de la oposición impida ver lo positivo y que el juego del poder intente tapar los problemas. Pues bien: eso es lo que está ocurriendo. Y ese es, al margen de las peripecias del Estatut de Catalunya, el amargo sabor que deja la semana política. Lo vemos y oímos a diario en todas las declaraciones. Pero resultó clamoroso en la sesión de control del miércoles en el Congreso. El señor Rajoy presentó los datos más negros de la economía, sin mostrar una sola luz, para llegar a la conclusión de que este Gobierno nos lleva a la catástrofe. El señor Zapatero no encontró un solo indicador negativo y presentó un panorama dulce, casi feliz, de salida de la recesión e inmediata creación de empleo. Uno vive en el infierno, otro está tocando las puertas del paraíso. Los demás, por lo visto, estamos en el purgatorio.


Dicen que es el juego político normal entre gobierno y oposición. Eso dicen. Pues yo me rebelo contra ese juego. No trato de comparar las responsabilidades de cada uno. Si hay alguien que tiene que pagar por el 20% de parados que se ayer se confirmó, por la falta de medidas eficaces, por la pérdida de solvencia del país y por todo lo demás, es el Gobierno. Ya lo está pagando en los sondeos. Y si hay alguien que ha de mostrar dureza, exigencia y toda su capacidad de sacar los colores al gobernante que da esos resultados, es la oposición. Pero, al mismo tiempo, los dos líderes tienen una obligación moral: elaborar sus análisis sobre la realidad global y objetiva, no sobre sus aspectos parciales. Es la única forma de hacer un debate solvente.


Zapatero y Rajoy presentan la realidad que les interesa. No se ponen de acuerdo ni en los datos. Sólo escogen para sus polémicas las cifras que les convienen. Convierten la dialéctica en una cuestión de fe, esperanzadora para socialistas, catastrófica para conservadores. Y eso es vulgar y descarada manipulación, desorienta a la opinión pública, desvirtúa la busca
de soluciones, hace imposible un acuerdo y tiene efectos perniciosos en la sociedad. ¿Quién se anima a invertir si el panorama que dibuja Rajoy es de ruina total? ¿Quién puede esperar una rectificación del Gobierno si el presidente está satisfecho de los resultados?Después llega Standard & Poor's y pasa lo que pasa: que para unos desautoriza a Zapatero, para otros es la razón otorgada a Rajoy, y la grave cuestión económica queda reducida a la caricatura de un combate entre dos. ¿Cómo no pensar que la rebaja de esa agencia no ha sido así una alegría para la oposición? ¿Cómo no sospechar que el PP celebra unos batacazos que le benefician en su credibilidad? Y, a la inversa, ¿cómo confiar en un Gobierno que sigue instalado cerrilmente en su optimista tranquilidad? Sumo todos los interrogantes de esta crónica, y me salen dos diagnósticos. Primero: ambos dirigentes están rozando los límites de la honestidad en sus mensajes. Y segundo: la manipulación de la realidad es la patología más grave que sufre la política de este país.

martes, 16 de febrero de 2010

"Entre todos" Miquel Roca 16/02/2010



El Gobierno no lo hizo bien. Negó la crisis cuando ya era evidente, no tomó las medidas necesarias en el momento oportuno, dejó que el déficit presupuestario se desmadrara y en ningún momento lanzó un mensaje de austeridad y seriedad reclamando la colaboración de los particulares. Se escudó en una invitación difusa y confusa al diálogo social. Lo hizo mal.

Pero en este comportamiento no estuvo solo. Las organizaciones empresariales no destacaron por sus propuestas, y los sindicatos parecían más preocupados por políticas a corto plazo que por la creación de empleo. La sociedad, en su conjunto, prefirió inclinarse más por un ejercicio crítico que por un esfuerzo de superación y adaptación a la crisis. Y la oposición se preocupó más de sacar provecho partidista de la situación que de arrimar el hombro para solucionar los problemas de sus electores. Y cuando empiezan a surgir quienes apelan a la necesidad de colaborar entre todos para que esto se solucione, aparecen las críticas y los recelos. Si el Rey se informa de lo que ocurre y propone que se alcancen pactos para tirar adelante, esto molesta a los que quieren tener el monopolio del protagonismo, cuando han sido incapaces de ejercitarlo para evitar la magnitud de la situación actual. Si algunos proponen pactos y acuerdos, se les dice que nada de nada. Que aquí nadie necesita de nadie. ¿Cómo se quiere que en el exterior se nos tenga confianza, si nosotros somos incapaces de acordar nada dentro de casa? La situación no es dramática; somos nosotros los que la hacemos dramática. Entre todos hemos de reaccionar y cada uno desde su propio ámbito de actuación deberá transmitir mensajes de confianza en el futuro. Para muchos, esto será difícil. Su angustia es legítima y justificada, pero así no se gana la partida. Menos crítica, más exigencia; menos palabrería, más acuerdos. El mensaje de austeridad y de autoexigencia nos ayudará más que la contemplación irritada de lo que pasa. Y a forzar acuerdos, pactos, programas comunes. Si no se hace, se deberá concluir que no se sabe sobre qué pactar y en qué términos acordar. Sólo entre todos, incluido el Rey, saldremos de esta.

viernes, 29 de enero de 2010

"Gobernar es tomar decisiones" Francesc de Carreras 28/01/2010

El debate de estos últimos días se ha centrado en la ubicación de los llamados cementerios de residuos nucleares. Primero fue Yebra, en la provincia de Guadalajara, y después Ascó, en la de Tarragona. Sus respectivos ayuntamientos presentaron candidaturas para albergar en su término municipal una planta en la que se depositarán los residuos nucleares de toda España. Tanto sus propios partidos (PP y CiU), como los presidentes de sus comunidades (Barreda y Montilla, del PSOE y del PSC) han rechazado públicamente tales iniciativas. La sensación que han producido estos desencuentros entre municipios, comunidades y partidos es de una gran confusión, cercana al caos. Una vez más los ciudadanos perciben que los políticos no saben hacia dónde van y que, en el fondo, les interesa más ganar como sea las próximas elecciones que encauzar y solucionar los problemas que la sociedad tiene planteados.

Cuando un partido que está en el gobierno no se enfrenta a los verdaderos problemas sino que esconde la cabeza bajo el ala, se entretiene en nimiedades que a nadie importan o comete evidentes errores, quizás gane las próximas elecciones porque todavía los ciudadanos no se hayan dado cuenta de su inconsistencia, pero a la larga todo se descubre, más dura es la caída en los siguientes comicios y se produce el relevo, la alternancia. Se da paso al gobierno de otro partido, con otras ideas y proyectos. Ahora bien, cuando la ausencia de rumbo y la incoherencia continuada abarca a todos los partidos, la factura que pagar es mucho más cara. Pagan los partidos por su falta de seriedad, paga el sistema político porque suscita desconfianza, pagan los ciudadanos porque en sus vidas repercute la ineficacia de los gobernantes. Cuando la sensación es que todos los partidos son igual de ineptos y de qué más da que ganen unos u otros, ya que las consecuencias serán las mismas, comenzamos a estar ante una crisis del sistema político y una deslegitimación de la democracia. Abstengámonos de votar, todos lo hacen y lo harán igual de mal, dicen los electores. Vamos ya en esta dirección y sólo si tomamos conciencia de sus peligros podemos ponerle remedio. Todo ello, desde hace un tiempo aplicable a Catalunya, comienza a ser aplicable al resto de España, a sus comunidades autónomas, al Gobierno central, al partido en el Gobierno y al de la oposición. Se ha convertido en un mal común.

El caso de los cementerios nucleares es un ejemplo más de la poca calidad de nuestra clase política. Mientras los alcaldes de pequeños ayuntamientos asumen una responsabilidad que saben que puede hacerles impopulares pero están dispuestos a arrostrarla porque consideran –con razón o sin ella– que la decisión es beneficiosa para su municipio, aquellos que les han otorgado la competencia para tomar dicha decisión se echan para atrás, los dejan solos, expedientan a sus concejales o les presionan para que rectifiquen. Todo por un hipotético puñado de votos, aconsejados seguramente por supuestos expertos en marketing electoral y comunicación política, unos expertos que suelen confundir hacer política con vender lavadoras. Así nos va. Sinceramente, dudo mucho que esta falta de consistencia en la toma de decisiones haga ganar votos.

Creo más bien que los ciudadanos desearían y confiarían en unos partidos, unos líderes y unos gobernantes que les dijeran la verdad, lo que ellos consideraran que es la verdad, que razonaran sus posiciones de forma argumentada, mostrando también sus dudas y sus riesgos. Los ciudadanos conocen las dificultades que implica escoger entre varias opciones porque ellos mismos lo experimentan en su vida diaria. Saben que al optar siempre puede uno equivocarse, pero saben también que en la vida hay que tomar decisiones y que estas pueden ser erróneas. Pero que la peor equivocación es no tomarlas cuando hay que hacerlo. Pues bien, los ciudadanos pueden comprender que hacer política consiste en lo mismo, en escoger entre varias soluciones, quizás ninguna convincente del todo, pero gobernar es tomar decisiones ante los problemas, como sucede en la vida misma, no eludir los problemas para así evitar tomar decisiones. Déjense, pues, de marketing y de publicidad comercial. Planteen los problemas en todas sus dimensiones, argumenten pros y contras de las soluciones posibles, escojan la que consideren más aceptable y arrostren responsabilidades. Así es la vida, así es también la vida política. Al debate sobre los cementerios nucleares debía haberle precedido otro debate: el energético. Hoy en día, en este debate, pieza central es el futuro papel de la energía nuclear, en un momento en que está claro que las fuentes de energía limpias son insuficientes y las energías fósiles llevan camino de extinguirse. Además, las centrales nucleares son mucho más seguras y el principal riesgo, los cementerios, también. Hablemos de todo ello y escojamos con todos los datos sobre la mesa. Que no pase como con la crisis económica, que se negó para ganar unas elecciones (y se ganaron), apenas se han tomado medidas para afrontarla seriamente y ahora resulta que España será la única entre las grandes economías que disminuirá el PIB en este año, que en Europa estaremos en compañía de Grecia, Estonia, Chipre, Hungría y Rumanía. Todo por no haber tomado decisiones a tiempo, en definitiva, por haber eludido los problemas, por no haber sabido gobernar.