Los ves llegar en su coche oficial; encantados de conocerse, rodeados de adulación y cargados de autosuficiencia. A un lado, el secretario. Al otro, el jefe de prensa, esforzado cronista de las palabras que el prócer quiera regalar a la posteridad.
Se sientan frente a ti e intentan convencerte de que cuanto más prohiben, regulan, limitan, controlan y restringen, más libres somos.
Y que hacer pagar por lo que antes era gratis no tiene nada que ver con voracidad recaudatoria.
Siempre generosos con el dinero de los demás, llaman "redistribución" al derroche y "progresismo" al populismo. Equiparan igualdad con mediocridad, crítica con discrepancia y modernidad con estridencia.
Que la culpa es siempre de los demás. O sea: nuestra.
Y lo peor es que, al final, saben muy bien que donde no llegue su poder de convicción llegará su poder de subvención. Y que no pasará nada.
Y uno, claro, acaba teniendo serias ganas de ciscarse en ellos y en el sistema que pone ahí a unos botarates y botaratas que, en la mayoría de empresas privadas serias, no pasarían de la primera fase del proceso de selección de personal.
Oradores a los que cuesta elaborar frases con más de dos subordinadas...
Niñatos que han hecho carrera en asambleas donde había más intercambio de porros que de ideas...
Resentidos contra todo, siempre dispuestos a señalar a quién odiar...
Progres creciditos que, sin embargo, han sabido adaptarse a la era Post-Lennon...
Chicas monas "de cuota" cuyo mérito es, precisamente, ese...
Ya no nos gobiernan políticos en el sentido más puro y noble del término.
Ya no quedan Carrillos, Fragas, Suarez o Felipes. Gente, cada uno de ellos, con sus ideas, sus historias, sus aciertos y sus errores pero con sentido de Estado. Gente capaz de llegar a acuerdos con generosidad, pensando en el bienestar de las próximas generaciones y no en las próximas elecciones. Gente que entendía, probablemente, el concepto "libertad" de una manera diferente pero siempre como valor absoluto.
No, ya no quedan políticos de raza.
Ahora hay simplemente tecnócratas. Profesionales del medrar en el partido -el que sea- hasta que les caiga el cargo. Sin ideología. Sin convicciones. Sin escrúpulos.
Y lo cierto es que tenemos absolutamente lo que nos merecemos.
Hace mucho que aceptamos dejar de ser ciudadanos para convertirnos solamente en súbditos.
Hace mucho que aceptamos dejar de ser contribuyentes para convertirnos solamente en paganos.
Pagar y callar. Eso es lo que se espera de nosotros. Eso y que cada cuatro años, cuando llegan las elecciones, juguemos a esta "drôle de democracie".
Y nosotros, claro, a votar obedientemente "a los nuestros"... aunque "los nuestros" sean un verdadero desastre. Pero que no ganen "los otros". Y jamás plantearse, por supuesto, la posibilidad de que "los otros" puedan tener algo de razón.
Los españoles votamos "a la contra".
Los españoles, en realidad, casi todo lo hacemos "a la contra".
Esa es nuestra gran tragedia, nuestro gran lastre como nación.
Nos importa un bledo que cada vez seamos menos libres y más ignorantes. Lo que nos importa de verdad es que sean "los nuestros" quienes nos acompañen en este camino cuesta abajo.
Que los tecnócratas hayan acabado diciéndonos cómo debemos hablar, comer, follar, conducir,
navegar por internet o jugar con nuestros hijos, nos la repampinfla.
Nos da absolutamente igual que hayan decidido en qué Dios debemos creer, en qué idioma debemos hablar, a qué selección apoyar, qué emisoras sintonizar, qué películas ver, qué musica escuchar o cómo tenemos que divertirnos para ser sostenibles y multiculturales.
Nos la trae al pairo que hayan llenado las carreteras de radares y las ciudades de parquímetros y aún así hablen de todavía más sanciones, multas, impuestos y tasas.
Que la DGT ya anuncie a bombo platillo para otoño su flamante sistema de control de velocidad media por tramos a razón de 500.000 euros cada uno. Repito: medio millón de euros cada uno.
Se rentabilizarán rápido, no se apuren los lectores. Los planes de la DGT pasan por instalarlos primero en túneles y después en autovías y autopistas, donde se producen las mayores alegrías con el gas. La inmensa mayoría de accidentes ocurren, sin embargo, en carreteras secundarias.
Que cada uno saque sus propias conclusiones.
Y, ya puestos, que haga lo mismo respecto a la propuesta de los munícipes barceloneses de que las motos paguen por estacionar en las zonas azules.
Nada de eso es afán recaudatorio, por supuesto que no.
Claro que, al final, incluso eso nos dará igual... mientras sean "los nuestros".
Lo dicho: tenemos lo que nos merecemos.
Publicado por Gonzalo de Martorell "Director de la revista MotoViva", el 16/08/2009 a las 19:23
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