A estas alturas, me parece posible afirmar dos cosas. La primera, que Mariano Rajoy es un superviviente, capaz de resurgir de sus propias cenizas. Sin ninguna duda, del Rajoy cabizbajo y tiernamente consolado por su mujer que aguantó en solitario el chaparrón de la derrota al altivo Rajoy actual dista un sorprendente abismo. El primero era un político en su peor momento, trémulo aspirante a emular las nimias gestas de Hernández Mancha.
Los adversarios ya construían el puente de plata, y los propios se lamían los afilados incisivos, preparándose para la batalla del poder. Unos y otros, y todos juntos daban por finiquitada la carrera política del hombre que Aznar había puesto a dedo, ungido por el poder supremo de su liderazgo. Un hombre a la sombra de un líder, sometido al espejo de su fracaso, ese era Rajoy no hace tanto. Y de golpe, el gallego amable levantó la tez, soltó lastre, envió a unos cuantos aznaristas a la jubilación forzosa, entabló batalla con la cólera de Aguirre, se rodeó de caras nuevas y, para sorpresa de todos, se reinventó a sí mismo. Sin ninguna duda hoy no es el final del dedo de Aznar, sino el principio de su propio liderazgo, cuya voluntad por centrar el partido y no caer en las sutiles trampas ideológicas que le pone Zapatero parece tener éxito. Desde luego, nada tienen que ver mujeres avanzadas como Soraya Sáenz de Santamaría o Dolores de Cospedal con aquellos Acebes y Zaplana que recordaban a la España que persiguió a los afrancesados. La prueba más notable de la emancipación política de Rajoy es la desubicación severa que padece el antiguo líder, José María Aznar, cuyo único protagonismo pasa por intentar arañar algún titular diciéndola gorda."Sobrevivir es vencer", dice un viejo lema de la política, y desde luego Rajoy, sobreviviendo, ha vencido. Hoy es el líder de su partido, ha conseguido dominar a las fieras interiores, ha mantenido el pulso con Zapatero, no ha cometido demasiados errores y ha abierto las expectativas de éxito electoral. ¿Conseguirá, además de reinventarse a sí mismo, reinventar a la derecha española y transmutarla de vieja derecha rancia y antimoderna en derecha europea? Sin duda, en toda la biografía del PP, Rajoy es el líder más capacitado para conseguir esa transformación histórica. Lo es... si no vuelve a tropezar con la piedra catalana. Es decir, el nuevo PP puede mostrar signos inequívocos de transformación, presentar caras amables de jóvenes líderes, no caer en los debates ideológicos estériles, romper con siniestros aliados mediáticos, y hasta puede surfear por encima del debate sobre el aborto, sin ahogarse. Pero si no supera el discurso atávico de la fobia catalana y no deja de apuntarse al tiro al idioma, no conseguirá abrir ningún capítulo nuevo en su historia. Si el "problema catalán" siempre ha sido el talón de Aquiles de la historia de España, el "problema catalán" es, también, el talón de Aquiles de la derecha española. Y ese talón ya le ha hecho perder las elecciones a Mariano Rajoy, tanto como se las hizo ganar a Zapatero. ¿No aprenden de la última lección catalana? ¿No sabe Rajoy que fue Catalunya el factor diferencial que convirtió en presidente a Zapatero? Y ello ¿no le dice nada? Desde luego, no milito en el pensamiento único catalán, que considera al PP el padre de todos los demonios. En Catalunya, hablar contra el PP sale gratis y generalmente da dividendos. Pero más allá de estos discursos maniqueos que intentan convertir a los votantes del PP en "malos catalanes", es evidente que el discurso del PP, respecto a Catalunya, contiene altas dosis de agresividad. Uno no puede pasearse alegremente por Sant Jordi y mantener el indefendible recurso contra el Estatut en el Tribunal Constitucional. Uno no puede presentar a Alicia Sánchez-Camacho -que indiscutiblemente es una cara amable y moderna-, y luego apuntarse a la delirante campaña contra el catalán en las escuelas, propia de los sectores más rancios del ultranacionalismo español. Uno no puede dar la mano a Cambó y después querer comandar las tropas de la Brunete. Y no puede por varios motivos. Primero, por lo dicho: porque Catalunya es la prueba del algodón de una derecha transformada; sin aprobar la asignatura catalana, el PP no aprobará su propia asignatura. Segundo, porque un partido serio, que quiere gobernar un Estado, no puede asumir como propia la mentira y la propaganda. Las campañas contra el catalán intentan dar una imagen delirante de la convivencia en las aulas, yuna imagen tortuosa de Catalunya. En Catalunya no existe un problema lingüístico, más allá del imaginario de algunos voceros ultras. Y eso debe saberlo un partido importante. Y finalmente, por una cuestión obvia: apuntarse al tiro al catalán puede proporcionar algún estridente titular, pero es hambre electoral para mañana. Porque estos discursos de confrontación sólo dan votos a los más radicales del espectro electoral, de manera que Rajoy, con este tema, trabaja para que gane Rosa Díez. Lo dicho, pues, Mariano Rajoy parece un líder nuevo para una derecha nueva. Pero del parecer al ser la distancia se llama Catalunya. Y, de momento, aún distan muchos pueblos entre ambos verbos.
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