sábado, 23 de mayo de 2009

"De campaña en provincias" Salvador Cardús i Ros (18/02/2009)

Una vez más, palabra y acción política no tendrán nada quever. O peor: las unirá el desencuentro habitual, el camino por el que se alejan la una de la otra, y serán nuevamente la cara y la cruz irreconciliables de una misma moneda. Porque si no tuvieran realmente nada que ver discurso y acción política, quizás algún día llegarían a coincidir en algo, aunque fuera por casualidad. Pero no: los usos políticos electorales parece que obligan al fraude moral de predicar lo contrario que
se practica. ¿Que falta confianza? Pues se fomenta la sospecha. ¿Que se pide respeto? Pues a insultar, que son dos días. Aquellos buenos propósitos de todos los partidos justo después de las elecciones, cuando las cifras de la abstención delatan cuán alejados están de la ciudadanía, pronto
quedan en nada y cuando se acercan nuevas elecciones, todo sigue como estaba, o peor. Estas
son las sensaciones que producen los primeros movimientos y las primeras voces de los partidos
estatales en las campañas electorales gallega y vasca que acaban de empezar. No se ha aprendido nada, no se ha comprendido nada, la crisis no ha cambiado nada.
Sólo una muy gran ingenuidad podía haber hecho creer que el contexto de crisis general podría mejorar en algo los estilos de las campañas políticas. Todas las llamadas con semblante grave a actuar de acuerdo y buscar grandes pactos, a dejar de lado las bajezas egoístas, a estar a la altura de las dramáticas circunstancias, saltan por los aires tan pronto como suena el clarín de la campaña electoral. Incluso podría haberse pensado, presos de un entusiasmo cegador, que las recientes elecciones norteamericanas podrían haber marcado en algo las maneras políticas de los partidos y candidatos, en busca de mayor credibilidad y confianza. Pero no. Dejando aparte el hazmerreír del extemporáneo cartel de la no candidata a ninguna elección Sánchez Camacho –¿cómo se le ocurre a quien ha llegado al cargoadedo, el compararse sin sentir ridículo con quien luchó durante un año para ganar unas primarias, estado a estado, en Norteamérica?–, no parece que de Barack Obama nadie haya sabido aprender ninguna lección.
Las maneras agresivas en la campaña vasca de Rodríguez Zapatero, regodeándose en los conflictos internos de Rajoy y el PP, o menospreciando al Ibarretxe ahora aplicado a combatir la crisis con más éxito que todos los demás, son verdaderamente nauseabundas en quien había abusado de un supuesto talante cordial. En cualquier caso, es una estrategia tan aburrida y previsible como la del propio Rajoy, denunciando en Galicia cacerías de ministros y jueces, no tanto porque no sean condenables, sino porque son habituales entre ellos. ¿Y puede tener alguna credibilidad que los de Manuel Fraga acusen a Emilio Pérez Touriño de confundir la presidencia con un cargo nobiliario? La falta de respeto hacia el votante, vasco o gallego, al que le vienen con otros cuentos que no son los que se ventilan en aquellas elecciones, debería ser pagada –y es posible que sea castigada– con un plus de indiferencia hacia los partidos estatales, que allí no ven otra cosa que la posibilidad de medirse en su guerra particular, todo al servicio de la disimulación de la ausencia de respuestas eficaces ante la crisis. No creo de buen gusto entrar en el detalle de los discursos de Rajoy y Zapatero, incapaces de dar el salto moral que exigirían estas primeras campañas electorales celebradas en plena debacle económica mundial. En realidad, la coincidencia de las dos campañas, en las que se dirimen lógicas políticas muy distintas para unos mismos partidos, está obligando a los partidos estatales a mantener dos discursos también muy distintos en cada territorio, de manera que se acentúa de forma aún más grave el carácter meramente instrumental del relato político electoral. Aquí hay que defender el cambio, allí la continuidad. Aquí hay que presentarse moderado, allí hay que endurecer los ataques. Aquí se habla de grandes principios, allí mejor levantar sospechas de corrupción en el adversario. No hay problema: se habla ante convencidos, aprovechando el aplauso fácil y la cámara avisada.
A diez días de las elecciones vascas y gallegas, aún pueden pasar muchas cosas. Pueden salir otros sumarios, pueden publicarse otros informes, y los jefes de campaña pueden reorientar los discursos para decir digo donde dije Diego. A diez días, vascos y gallegos pueden llegar a la convicción de que losb partidos estatales consideran que, como la crisis es global, esta cuestión no va con la política local, y que Zapatero y Rajoy tienen bastante con llevaraprovincias su combate personal. Lo de la tele, pero en casa. Pero a diez días de las elecciones, puede ocurrir que las respuestas locales –lo que algunos llamaríamos respuestas nacionales gallegas y vascas– sean las únicas que mantengan alguna cierta credibilidad. De manera que habrá que esperar a los resultados para adivinar si el hecho de haber trasladado la confrontación entre PP y PSOE al debate político vasco y gallego no les perjudica a ambos. No sería la primera vez que una lectura en clave española de unas elecciones vascas o gallegas produjera resultados no previstos en las encuestas.

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